El Padre Rubio era de aquellos que por no molestar, prefieren cogerse el autobús o caminar antes que pedirte que le lleves en el cohe. Pero aquella tarde, el comisario Muñoz le había pedido un favor. El Padre debía de tener prisa porque iban acelerando por María Agustín con el desparpajo de quien sabe que no tendrá que pagar nunca una multa. Muñoz tenía prisa.
El cielo se estaba nublando cuando llegaron al final de la calle de Goya, donde les bastaría con girar la derecha para llegar hasta la jefatura. Muñoz gruñó bajito, casi para sí. Los tres carriles estaban saturados de coches.
Avanzaron lentamente durante 7 mintuos, golgpe gras golpe de semáforo. Mientras hablaban sobre el caso que le iba a enseñar, Muñoz calibraba si la fila más rápida era la de la ziquierda o la de la derecha. Ellos en el centro estaba claro que iban en la más lenta.
Justo cuando el semáforo volvía a ponerse en rojo, “Parece que por allí ya hay menos coches” señaló el Padre Rubio al claro que se veía 3 coches más adelante. Con el siguiente semáforo verde algo raro pasó. Los coches que tenían delante ponían sus intermitentes y se iban colando en los carriles laterales. “¿Qué es lo que pasa? ¿Dónde van estos?”, el bigote de Muñoz subía y bajaba al ritmo de sus murmullos. Al volver a rojo el semáforo, quedó claro. Su fila, ellos eran ahora los segundos, estaba encabezada por un Ibiza blanco inmóvil a unos 15 metros del semáforo.
Se miraron extrañados, como si el otro pudiera responder a esta situación. El semáforo volvió a ponerse verde, los bocinazos volvieron a sonar y las filas a los lados se pusieron en movimiento. Los coches detrás del suyo iban buscando hueco en los carriles laterales, cuando Muñoz bajó del coche, sin parar el motor y palpándose, por si las moscas, la pistolera.
El comisario aceleró el paso al comprobar, por la luna trasera que el coche estaba vacío a excepción del conductor que estaba con una extraña postura, con el cuello casi doblado y la cabeza a punto de reposarle en el hombro.
Llegó hasta la ventanilla, el fulano estaba pálido, con los ojos cerrados, inmóvil y con esa extraña postura. Los bocinazos y el ruido de los acelerones rodeaban la isla que formaban el coche de Muñoz y el Ibiza blanco. La marea de coches a ambos lados era una corriente incontenible.
“A este pavo se lo han cargado y lo han dejado aquí, al lado de la jefatura…” pensó Muñoz, “para que nosotros lo encontremos. Pero, ¿Cómo?” No había rastro alguno de sangre en el coche, ni impactos ni roturas. La ventanilla estaba bajada… ¿un punzón de hielo? Había leído sobre eso alguna vez. ¿Envenenado? Entonces la droga habría tenido que ser de acción lenta, para que el asesino estuviera fuera del coche antes de que el conductor la palmara.
Aunque sólo habían pasado unos segundos cuando el Padre Rubio llegó al otro lado del coche, a Muñoz le pareció una eternidad, parado al lado del Ibiza, junto a la ventanilla del conductor fiambre, haciendo cábalas y pensando a la vez en el caso que le esperaba al llegar a la Jefatura y en este otro, nuevo caso, que le había caído en gracia.
El Padre Rubio miró al interior del coche, desde su lado las dos ventanillas estaban bajadas, como buscando respuestas. La corriente de tráfico se había detenido de nuevo al ritmo del semáforo en rojo. Miró por encima del coche a Muñoz y le dijo ”Despiértalo”, “¿qué?”, “Despiértalo, por favor”.
Muñoz le miró sin comprender aún durante unos segundos mientras el Padre Rubio daba la vuelta al coche, introducía su brazo por la ventanilla abierta y zarandeaba suavemente al conductor. Este dió un respingo, les miró entre sorprendido y asustado y musitó “Cielos, ya me ha vuelto a pasar”, y casi sin dar tiempo a que el Padre Rubio sacara la mano, había metido primera y se había lanzado para coger el semáforo en ámbar.
Muñoz y el Padre Rubio volvieron al coche escuchando a lo lejos los bocinazos de lo que todavía era el atasco y, con parsimonia, recorrieron los veinte metros libres de asfalto que había dejado libres el Ibiza del conductor fiambre, o no tanto.
