El pequeño misterio del conductor fiambre

4 enero 2012 - Escribir una respuesta

El Padre Rubio era de aquellos que por no molestar, prefieren cogerse el autobús o caminar antes que pedirte que le lleves en el cohe. Pero aquella tarde, el comisario Muñoz le había pedido un favor. El Padre debía de tener prisa porque iban acelerando por María Agustín con el desparpajo de quien sabe que no tendrá que pagar nunca una multa. Muñoz tenía prisa.

El cielo se estaba nublando cuando llegaron al final de la calle de Goya, donde les bastaría con girar la derecha para llegar hasta la jefatura. Muñoz gruñó bajito, casi para sí. Los tres carriles estaban saturados de coches.

Avanzaron lentamente durante 7 mintuos, golgpe gras golpe de semáforo. Mientras hablaban sobre el caso que le iba a enseñar, Muñoz calibraba si la fila más rápida era la de la ziquierda o la de la derecha. Ellos en el centro estaba claro que iban en la más lenta.

Justo cuando el semáforo volvía a ponerse en rojo, “Parece que por allí ya hay menos coches” señaló el Padre Rubio al claro que se veía 3 coches más adelante. Con el siguiente semáforo verde algo raro pasó. Los coches que tenían delante ponían sus intermitentes y se iban colando en los carriles laterales. “¿Qué es lo que pasa? ¿Dónde van estos?”, el bigote de Muñoz subía y bajaba al ritmo de sus murmullos. Al volver a rojo el semáforo, quedó claro. Su fila, ellos eran ahora los segundos, estaba encabezada por un Ibiza blanco inmóvil a unos 15 metros del semáforo.

Se miraron extrañados, como si el otro pudiera responder a esta situación. El semáforo volvió a ponerse verde, los bocinazos volvieron a sonar y las filas a los lados se pusieron en movimiento. Los coches detrás del suyo iban buscando hueco en los carriles laterales, cuando Muñoz bajó del coche, sin parar el motor y palpándose, por si las moscas, la pistolera.

El comisario aceleró el paso al comprobar, por la luna trasera que el coche estaba vacío a excepción del conductor que estaba con una extraña postura, con el cuello casi doblado y la cabeza a punto de reposarle en el hombro.

Llegó hasta la ventanilla, el fulano estaba pálido, con los ojos cerrados, inmóvil y con esa extraña postura. Los bocinazos y el ruido de los acelerones rodeaban la isla que formaban el coche de Muñoz y el Ibiza blanco. La marea de coches a ambos lados era una corriente incontenible.

“A este pavo se lo han cargado y lo han dejado aquí, al lado de la jefatura…” pensó Muñoz, “para que nosotros lo encontremos. Pero, ¿Cómo?” No había rastro alguno de sangre en el coche, ni impactos ni roturas. La ventanilla estaba bajada… ¿un punzón de hielo? Había leído sobre eso alguna vez. ¿Envenenado? Entonces la droga habría tenido que ser de acción lenta, para que el asesino estuviera fuera del coche antes de que el conductor la palmara.

Aunque sólo habían pasado unos segundos cuando el Padre Rubio llegó al otro lado del coche, a Muñoz le pareció una eternidad, parado al lado del Ibiza, junto a la ventanilla del conductor fiambre, haciendo cábalas y pensando a la vez en el caso que le esperaba al llegar a la Jefatura y en este otro, nuevo caso, que le había caído en gracia.

El Padre Rubio miró al interior del coche, desde su lado las dos ventanillas estaban bajadas, como buscando respuestas. La corriente de tráfico se había detenido de nuevo al ritmo del semáforo en rojo. Miró por encima del coche a Muñoz y le dijo ”Despiértalo”, “¿qué?”, “Despiértalo, por favor”.

Muñoz le miró sin comprender aún durante unos segundos mientras el Padre Rubio daba la vuelta al coche, introducía su brazo por la ventanilla abierta y zarandeaba suavemente al conductor. Este dió un respingo, les miró entre sorprendido y asustado y musitó “Cielos, ya me ha vuelto a pasar”, y casi sin dar tiempo a que el Padre Rubio sacara la mano, había metido primera y se había lanzado para coger el semáforo en ámbar.

Muñoz y el Padre Rubio volvieron al coche escuchando a lo lejos los bocinazos de lo que todavía era el atasco y, con parsimonia, recorrieron los veinte metros libres de asfalto que había dejado libres el Ibiza del conductor fiambre, o no tanto.

El misterio de San Bernabé: El viaje

27 diciembre 2011 - 2 comentarios

- Es una pequeña isla de las antillas francesas – me comentaba el Padre en el Refugio de la Soledad hacía doce días – San Bernabé parece llamarse en castellano.
Una escueta explicación con la que me incluía en un viaje excepcional con consecuencias.

San Bernabe es, en efecto, una pequeña isla donde algunos millonarios y otros pijos acomodados fijan su residencia de vacaciones. Hace sólo una década la mayoría de los habitantes desconocían el agua corriente y la luz eléctrica. Ahora, cada cual según sus posibilidades, viven sacando partido del turismo de lujo, cultivada con mimo y sabiduría desde la administración autónoma que disimula el hecho de que apenas conozcan el idioma de la metrópoli, marcando aún más las “egues” mientras pronuncian el inglés.

Habían pasado muchos años desde que a Santiago Julián el Padre le metiera en vereda, le evitara convertirse en un piltrafilla con más pasado que porvenir. Había dejado de amorrarse al tubo de pegamento para sujetar entre sus manos un micrófono y, por más que parezca ahora el típico resultado del cuento de Cenicienta, había llegado a consolidar una carrera musical estelar en el género de la pachanga festivalera. Si su éxito había sido notable en España, sobresalía sin igual en sudamérica, apoyada en su imagen de chaval humilde simpático trabajador y atractivo, tanto entre las chiquillas pijas que decoraban con él sus carpetas del instituto, como entre la parte más maternal de la incipiente comunidad gay, que se lo imaginaban como el silencioso, humilde y sorprendentemente en forma, jardinero con el que tener tácitos encuentros en el cobertizo.

En el avión venía pensando todo esto y fundamentalmente que para unas y para otros iba a ser un terrible golpe el enterarse de que Santi Jota se había casado. Fiel a su estilo, su gente se había esforzado por mantener el enlace en secreto y sólo los más cercanos entre los familiares, de su pasado y de su presente, y un puñado de sus nuevos amigos, conocían el enlace.

Y además había invitado al Padre, a oficiar la ceremonia.

La agenda del Padre en la parroquia había sido fundamental a la hora de decidir el día de la ceremonia y aún así, el Padre se había negado, tajante, a tomarse más de cuatro días libres. Los justos para el salto de ida y vuelta y oficiar allí la ceremonia.

Saltamos de isla en isla, de avión en avión, cada vez más pequeña aquella y más diminuto este. Mientras yo ojeaba los folletos de pubilicidad el Padre leía un pequeño libro encuadernado en piel, muy avejentado, que se titulaba Pequeños Dioses y Monstruos del Caribe.

La Secreta Confesión del Réprobo: Tercer día

18 mayo 2011 - Escribir una respuesta

Del diario del Padre Rubio

Retomó la conversación en el mismo punto donde la había dejado hace tres meses. De alguna manera me sentí transportado hacia allí. Su voz era la misma. Su aroma, esa ceniza que llegaba con su aliento y quedaba suspendida en el aire durante unos pocos segundos, casi permitiéndote leer sus palabras. La misma voz, el mismo tono, el mismo olor en las palabras, decadentes, como sucias. Como si los tres meses no representaran nada para él.

- No lo entiende, padre. – pronunció la última palabra con desprecio, casi escupiéndola. – No es nada personal – pareció disculparse, pero a la vez elevó un tono en la escala de agresividad.
- Explíquemelo, hijo – susurré intentando imprimir a mis palabras energia y seguridad.
- Hace mucho tiempo, mi padre – de nuevo esa palabra fue casi un salivazo — y yo trabajábamos juntos en el taller. Hacíamos cosas hermosas. Tallábamos, moldeábamos, lijábamos, diseñábamos motores y partes móviles, y ensamblábamos las piezas. Era un bonito trabajo. Fue hace mucho, pero recuerdo cuánto me gustaba. – Se detuvo y tosió dos veces. Yo me dí cuenta de que hasta ahora nunca había hablado tanto rato seguido y me contuve para no interrumpirle – Él me enseñó todo lo que sé, pero yo siempre pensé que podía superarle. Pensé que podía hacerlo mejor que mi Maestro. Así que empecé a introducir pequeñas modificaciones en las obras, cambios, arreglos, mejoras. Cuando se dio cuenta se disgustó. Discutimos. Le grité. Pensé que iba a pegarle y de pronto, sin darme cuenta de cómo, ya no estaba en casa. Me había echado, pensé. Me vengaré, juré. Y me organicé de nuevo. Tuve mi propio taller, y comencé a crear mis propias obras, sin su ayuda, con todo lo que había aprendido de él y con mis propias ideas. Pensé que sería capaz de hundirle su negocio ya que no podía formar parte de él.

Carraspeó unos segundos. Se notaba que hacía tiempo que no utilizaba tanto su voz. Esperé a que acabara de toser y le animé a proseguir, aunque estaba seguro de que lo haría. Esperé también oirle tomar una bocanada de aire, antes de seguir hablando, pero no lo hizo y me dí cuenta de que no le había oído nunca respirar. Intentando no pensar en ello volví a centrarme en lo que me contaba.

.- Pasaron los años. Yo me había puesto un plazo. En aquel entonces aún me gustaban los retos. Había prometido que antes del año pasado habría arruinado su taller y su principal obra. No fue así. Aquella nochevieja me senté junto al fuego, sólo, como todos los años. Pero esta vez no era la soledad, sino el fracaso, lo que me impedía levantarme. Me encontré con mi – se interrumpió y vaciló por vez  primera, incapaz de volver a pronunciar la palabra padre – con él poco después. Yo estaba furioso por no haber conseguido echar su trabajo a perder, pero estaba aún más furioso conmigo por no haber sabido hacer su trabajo mejor que él. Él estaba más viejo y pensé que yo debía parecerlo también. Habló conmigo. Y yo le pegué. Y el me sonrió. Le eché en cara que me echara de casa, aquella tarde, hacetanto tiempo, pero él me miró a los ojos y, como obedenciendo a una palabra suya, un caudal de recuerdos me asaltó.

Su voz tan áspera, tan cascada, me retenía inmóvil dentro del confesonario, escuchando su confesión, incapaz de responder. Por un momento pensé que él iba a llorar y al instante siguiente me descubrí a mí mismo haciéndolo – No me echó de casa. Yo me fuí. No se enfadó conmigo. Me enfadé yo con él. Mi Padre, Padre Rubio, no puede perdonarme, porque ya lo ha hecho. Y por eso le odio tanto.

Dejó de hablar y me conmocioné intentando encajar la historia en mi cabeza. Sabiendo en mi interior quién estaba al otro lado de la celosía, con la mano derecha agarré el crucifijo del cuello y con la izquierda el amuleto de San Benedicto de mi bolsillo y salí de un salto hacia el interior de la iglesia buscando a mi interlocutor. En toda la Iglesia no había nadie. Sólo el inconfundible olor a ceniza que el secreto y agotado penitente había dejado tras de sí en nuestros encuentros anteriores. Solté el crucifjio muy aliviado, pero asustado e incómodo, y seguí con la mirada el rastro del humo que, como si hubiera dejado escrita su partida con culpa y odio, había dejado como único testimonio el Primer Réprobo.

La Secreta Confesión del Réprobo: Segundo día

Del diario del Padre Rubio

No volví a pensar en el Penitente Desconocido hasta dos semanas más tarde. Era más o menos la misma hora y yo me acerqué al confesonario. El leve matiz a ceniza en el aire estaba allí de nuevo, pero no había nadie en la iglesia. Rodee de nuevo la nave central y me metí de nuevo en el confesonario incapaz, por unas horas, de volver a meditar.

No podía concentrarme así que esta vez sí pude oir cierto leve chirrido en el reclinatorio. Una bocanada de humo penetró por la celosía y sentí, esta vez rotundo, el olor a ceniza de las otras veces. No me dio tiempo ni a pensar si le daba el pie con el Ave María, por que como pegada a la nube de humo me llegó su voz, lenta y gastada, como si la hubiera escrito con pluma en un pergamino viejo.
- Hace tiempo – comenzó – Hace tiempo – se repetía, o era mi cerebro intentando comprender demasiado rápido -  Hace tiempo – volvió a decir, con la oscura caligrafía trasluciéndose en cada sílaba – que quería hacer esto. Pero alguien en mi posición, no se puede, no se debe – se corrigió casi al instante y como esforzándose por parecer magnánimo – permitir algunas cosas.

Le animé a proseguir y, como afirmándose en algo que tenía muy dentro comentó que hacía siglos que no pisaba una iglesia, pero que ultimamente las cosas se le habían puesto más fáciles. Pensé en el Vaticano II y cómo las reformas habían permitido unir más al pueblo y a los curas. El seguía hablando con su ritmo lento, como si cada palabra llevara atada una piedra que saliera de su corazon y tuviera que forzar la salida atravesando la garganta y la boca, y brotar expulsada a duras penas de sus labios.
A estas alturas ya estaba claro que hablaba con un hombre. Un hombre mayor, aunque tal vez no un anciano. Le mencioné que siempre se podía obtener el perdón del Padre. Un tosido más parecido a un gruñido respondió desde el otro lado. – No lo entiende, Padre, – me escribió en el aire con su voz de humo.
Yo mencioné algo sobre que cualquier momento era bueno para conseguir el perdón del Creador, y de que era bienvenido de nuevo al sacramento de la Penitencia, de que hay más alegría en el cielo por un pecador arrepentido y todo eso. Cuando terminé esperé respuesta. Pero ya no había nadie al otro lado. Escuché. No había ruido de pasos. No podía haber salido tan rápido de la Iglesia vacía, así que esperé unos minutos. No oí nada. No ví nada. Y nadie volvió al confesonario. Inquieto intenté concentrarme y esperé.

La Secreta Confesión del Réprobo: Primer día

18 abril 2011 - 3 comentarios

Del diario del Padre Rubio

Hace años que las horas encerrado en el confesonario dejaron de parecerme duras. Al principio me llevaba lectura. Los clásicos. Santa Teresa, San Juan de la Cruz, algún manual o comentarios de la EUN… Ahora simplemente medito. He visto, sin duda, demasiadas cosas. Sin duda, más de lo que debería. Pero en todos estos años nunca había sentido nada como lo de hoy.

Hace cuatro semanas que llegué a mi nueva parroquia. La Iglesia es grande, bella, solemne y fría. Me he acostumbrado enseguida y hay pocos rincones que no conozca ya.

Lo único que iluminaba la nave central era el Cirio Pascual. Mi confesonario, el segundo desde la entrada, estaba envuelto en sombras. Mis ojos se habían acostumbrado a la penumbra así que podía ver a mi alrededor. Meditaba sobre playas, y cubos, y agua, y un niño. Tal vez debí de quedarme dormido.

Me desperté y noté que alguien se arrodillaba tras la celosía. Esperé paciente durante unos segundos y, dado que alguna gente nunca se acostumbrará a las nuevas fórmulas, acabé pronunciando el antiguo saludo, “Ave María Purísima…”. Esperé más, pero nadie contestó al otro lado.

Esperé de nuevo. Esperé más. Carraspee. El ruido resonó en el cuenco hueco de la inmensidad del cuerpo de la iglesia. Arrepentido volví a esperar. A veces la gente está avergonzada, o no sabe cómo empezar, o está buscando una explicación, una justificación. O simplemente, ordenando su mente. Me removí en el asiento y la vieja madera oscura chirrió repitiéndose por toda la nave, por entre los bancos, hasta perderse más allá de las puertas de entrada. “No te preocupes. Tómate el tiempo que necesites”, susurré incapaz de decidir si al otro lado de la rejilla había un hombre o una mujer.

Pasaron más de tres minutos. Por mucho que me avergüence debí de volver a dormirme, y cuando volví en mí, la presencia al otro lado, ya no estaba. Asomé primero la cabeza para asegurarme y luego salí y paseé por las naves laterales, buscando si el penitente estaba aún dentro. Infructuosamente. Un curioso olor a ceniza me persiguió mientras paseaba. Busqué a alguien fumando enla Iglesia. Segúramente era el olor de mi propio hábito. El penitente desconocido había desaparecido y lamenté profundamente haber vuelto a dormirme.

El misterio del cementerio de Turbiaguas (3/3)

13 diciembre 2010 - Una respuesta

< El principio de la historia<

Así que aquella noche conducía de nuevo por la antigua, maltrecha carretera del pueblo viejo para averiguar de una vez qué era lo que pasaba con el hijo de Doña Fuenciscla, que eran los ruidos, luces y música que los abuelos del pueblo habían utilizado para crear un nuevo rumor y, fundamentalmente, quién y por qué había pintado la estrella de cinco puntas y de qué o de quién era la sangre que la manchaba.

La oscuridad había engullido el pequeño seat 124 al salirse de la carretera del pueblo nuevo y entrar en el maltrecho camino hacia el cementerio viejo. El agua estaba aún a dos docenas de metros de la tapia porque no había llegado el deshielo y la sequía este año había continuado pertinaz. Con precaución, antes de salir de la arboleda de troncos muertos y ramas retorcidas metió primera, frenó el coche hasta casi pararlo y apagó los faros. Siguió conduciendo lentamente por entre la oscuridad sólo rota por la luz de la luna, hasta que notó que los neumáticos empezaban a resbalar en la tierra ya húmeda. Salió y comenzó a caminar, dejando el coche abierto. Con la mano derecha se mesaba la barba corta que llevaba en aquellos días y que yo pude ver en viejas fotos en salón parroquial. Llevaba en la mano derecha una linterna, pero la llevaba apagada confiando en la luna y en el buen estado de sus ojos. – Mejor ver antes de que te vean. – pensó para sí – Al menos de momento. Nada parecía ir mal. El cementerio a oscuras iba llenándolo todo, entremetiéndose entre el Padre Rubio y las aguas del pantano que de vez en cuando rompían el silencio de la noche agitadas por la brisa. Unos grillos. El ligero chap, chap, chap, de los zapatos negros de suela plana del Padre sobre la tierra humedecida por las aguas del pantano. – Gracias a Dios que Martín hizo un gran trabajo recomponiéndome la suela – reflexionó notando que ninguna humedad se filtraba hasta su pie izquierdo.

Según se acercaba al cementerio empezó a escuchar un coro de voces, como media docena de jóvenes que entonaban una plegaria. El Padre no podía distinguir las palabras, pero le resonaba en los oídos como algo sucio, fuera de sitio. La extraña oración comenzó a subir de tono dentro del cementerio pero el Padre creyó ver fuera de él, pegado a la puerta, una figura humana, poco definida, observando el interior a través de la verja. Apretó en su mano el Santo Rosario y caminó resuelto hacia la silueta pero ésta le vio y comenzó a andar hacia la esquina opuesta del muro. El Padre corrió tras él intentando no hacer ruido antes de saber quiénes eran los que cantaban dentro del cementerio pero deseando atrapar a la persona que estaba detrás. Dobló la esquina y se sorprendió al no ver a nadie. Era imposible que la figura hubiera alcanzado ya la otra esquina y era imposible que hubiera desaparecido en las cercanas aguas del pantano. Giró en todas direcciones entornando los ojos, buscando ver más. Se sorprendió al ver que la figura volvía a estar frente a la verja del cementerio viejo, mirando el interior. Se lanzó corriendo hacia él, o ella, llevaba un aparatoso abrigo con pieles y era complicado de decir, pero la figura echó ahora a correr hacia el bosquecillo muerto. Cansado de juegos, algo asustado y con la respiración profunda, el Padre se lanzó en su persecución pero entonces desde el cementerio surgieron luces y una música atronadora. El Padre se detuvo intentando decidir qué era más urgente, si perseguir a la extraña figura o investigar los ruidos y luces del cementerio.

Cuando se decidió, la extraña figura había desaparecido entre los troncos muertos y las ramas retorcidas, así que no tuvo más remedio que volver sobre sus pasos y mirar qué era lo que pasaba en el cementerio. Siguió avanzando dándole vueltas con su mano izquierda a las cuentas del rosario de dedo – Al día siguiente nos reiremos de esto.- pensó.

El baile de sombras que creaban las luces sobre los mausoleos más altos le hizo deducir que las luces eran velas u hogueras. Los ruidos eran música rápida no muy fuerte pero que taladraba la cabeza y provenía sin duda de un radiocasete. El Padre se agachó instintívamente y siguió caminando. A punto de llegar hasta la verja decidió que entrar por la puerta principal no era una buena estrategia. Se volvió rápidamente, la música tronando desde el interior hacía innecesaria cualquier precaución y fue buscando la piedra gorda que había venido a estrellarse contra la tapia de atrás. Se encaramó a ella y con ambas manos tentó las piedras superiores del muro. Viendo que resistían se elevó con sus brazos poco a poco hasta poder mirar con los ojos el interior del cementerio. Tres chicos y dos chicas bailaban y reían alrededor de la estrella. Una pequeña hoguera les iluminaba y algunos portaban velas. Se pasaban unos a otros los porros y uno de ellos se apartó para sacar cocaína del bolsillo. El Padre reconoció a Santiago Julián, el hijo de su feligresa y del finado Julián Jaqueta al que el Padre no llegó a conocer. Estaba obviamente borracho y saltaba mientras la chica más baja le agarraba lascivamente de la cintura. El Padre dio la vuelta. A fin de cuentas no era nada tan grave como parecía. Rodeó el muro y entró en el cementerio por la vieja verja ahora abierta. – Lárgame un cilindrín colega- decía Santiago y no pudo evitar una carcajada cuando vio que todos miraban hacia la puerta.
- Joder – chilló nerviosa una de las chicas. – ¿Qué es eso?
- Laostia – blasfemó el de la cocaína – lo hemos hecho. Lo hemos conseguido. Está aquí.
- Joder – repitió la chica que se dejó caer al suelo de rodillas.
- Santiago, ven aquí – la rasgada voz del padre sonaba con un tono particularmente patibulario y vio que al hijo de Fuenciscla se le ponía lívida la cara y las piernas le flaqueaban.
- No seáis imbéciles – gruñó el tercer chico – No es más que un tío. – Subió el volumen de la música y levantando del suelo a la chica arrodillada la besó mientras le metía mano.
- Santiago Julián – repitió el Padre Rubio elevando la voz – tu madre te espera.
Santiago dudaba. Las chicas volvieron a bailar magreándose entre ellas y el tercer chico, el que le había llamado “tío” agarró una piedra de cerca de la hoguera y se la lanzó al Padre mientras, sin conocerle, le espetó un – ¡Lárgate viejo!
Pero a pesar de la oscuridad y la sorpresa, el Padre Rubio cazó la piedra al vuelo con la mano izquierda y la sostuvo dentro de su mano. Dudaba sobre su siguiente paso.
- Que te pires, mamón, cagondios – le dijo el de la farlopa.
El Padre lanzó rápidamente la piedra contra el pequeño radiocasete que descansaba sobre la lápida de un tal Ortega. La piedra impactó sobre las teclas, y la música paró dejando al sonido de los grillos inundar la noche.
- Santiago – repitió el Padre – Ven, tu madre te espera.
Todos estaban un poco sorprendidos pero la presencia de las chicas hizo que el de la pedrada se envalentonara. Se lanzó hacia el padre con malas intenciones pero este le esquivó y le agarró del brazo izquierdo retorciéndolo para que cayera al suelo. Los otros tres y Santiago se quedaron quietos mientras el chico seguía en el suelo, blafemando contra todo. El Padre le estiró del brazo para hacerle subir la cara y le dijo – Calla – con su voz de enterrador – El otro calló finalmente. – Santiago – repitió el Padre – no soy el tipo de persona que repite las cosas, ni el tipo de persona a la que le gusta hablar por nada. Ven con tu madre.

Santiago Julián Jaqueta finalmente empezó a andar. La chica bajita miró a su colega y luego de nuevo a Santi viendo que el de la farlopa no tenía ganas de batalla. Cuando Santiago llegó a la altura del Padre lo reconoció. Su cara se llenó del rojo de la vergüenza. El Padre le hizo salir del cementerio con la mirada y soltó el brazo del chico del suelo. – No os quiero ver más por aquí y si os acercais a Santi o al pueblo volveré a por vosotros. Ah, y por si no me conocéis, soy el párroco de Turbiaguas. – Miró fijamente a cada uno de los cuatro, deteniéndose especialmente en el que había derribado. Cuando tuvo la seguridad de que el chico estaba bien, se giró y siguió tras los pasos de Santi Jaqueta que observaba todo desde la verja. Sin hablar, encendió la linterna para que el afectado chico pudiera andar hasta el coche. Una vez allí le miró con sus ojos serenos pero firmes y a la luz de la lampara interior con la puerta del conductor aún abierta le dijo – No lo hagas más.

Entró, encendió el motor, cerraron las puertas y condujo de vuelta hasta Turbiaguas. Allí, mirando desde el interior del bosque muerto de troncos desnudos y ramas retorcidas, algo que tenía forma de persona miraba el coche del Padre alejarse, levemente admirado, algo confundido y poderosamente interesado.

- Santiago acabó el instituto y dejó Turbiaguas, como quería su madre, para ir a la ciudad. Allí trabajó en un banco y en un bar y luego cantando en una orquesta de un club y luego un descubridor de talentos le llevó a Prado del Rey y de ahí saltó a la fama y hoy es el famoso cantante que todos conocéis. Visita a su madre en el cementerio nuevo todos los meses y se encarga muy bien de que nada falte entre las ruinas de su viejo pueblo.  – Cuando acabó de explicar todo esto, el Comisario Nuño bebió su bourbon de un trago y dejó el vaso sobre la barra. Visiblemente emocionado comentó – Sigamos con el trabajo. La noche es corta.

< El principio de la historia< — > La historia continúa >

El misterio del cementerio de Turbiaguas (2/3)

14 noviembre 2010 - 3 comentarios

< El principio de la historia<

“El Señor es mi pastor, nada me falta…”, musitaba el Padre Rubio al volante de su ajado Seat 124 al que apreciaba de veras a pesar de aquella vez que, para las fiestas, no hubo forma de montar la imagen de la Santísima Virgen del Prado por la ausencia de una quinta puerta de carga posterior. El Padre callaba de vez en cuando para darle unas vueltas nerviosas al rosario que llevaba en el anular de la mano izquierda. “Los muertos han vuelto”, decían los rumores, “los sudarios húmedos y las narices llenas de la tierra mojada por el pantano”, comentaban los abuelos en el teleclub. Y el Padre Rubio conducía ahora, sólo, en la oscuridad de la medianoche, hacia el viejo cementerio.

- Pero la historia no empieza ahí, la verdad – protestaba mirándonos alternativamente el Comisario Nuño como si hubiera sido alguno de nosotros quien le hubiera obligado a contarla mal. – Lo que realmente pasó – prosiguió – es que llevaba un tiempo oyendo cosas raras en el confesonario. No es que a mí me lo contara, claro – se corrigió algo incómodo – esto lo supongo.

- Padre Rubio, estoy muy asustada – la voz de la señora Fuenciscla, la viuda de Julián el farmaceútico, sonaba fresca pero huidiza, como un hilillo de agua que se colara a través de la celosía del confesonario. Ella removía su cuerpo menudo e hinchado haciendo rechinar las tablas algo ajadas del reclinatorio. A sus 45 años y, aunque demasiado joven para acordarse de la guerra que su pueblo apenas sufrió, había tenido que crecer en los años de la posguerra, del hambre y de la necesidad, donde lo poco era mucho y nada era demasiado. Ahora luchaba por sacar adelante a su hijo, Santiago Julián, al que había que atar muy en corto para que recorriera de lunes a viernes los 34 kilómetros que les separaban del colegio donde debía asistir a clase – Mi hijo está dejando de ir a clase. Dice que se monta en el autobús, pero se junta con algunos de fuera y se van, por ahí, a emborracharse o sabe Dios a qué. Luego viene a casa cansado y no hay forma de que le entre en la cabeza lo que le digo, que estudie, que tiene que salir de aquí, que la vida se va a la ciudad y dentro de unos años aquí no quedaremos más que los viejos, que ya tenemos sitio reservado en el cementerio nuevo.

El era un cura nuevo, un treintañero idealista, que volvía a la realidad de la vida de los pueblos tras muchos años ausente – prosiguió Nuño mirando hacia arriba, como intentando ver los detalles olvidados de la historia en su propio cerebro – y sospecho que a pesar de los rumores que oían en el Teleclub y de cómo los abuelos comentaban los ruidos, las voces, la extraña música, las luces que surgían del cementerio en mitad de la oscuridad de la noche, lo que realmente le movió a actuar fue que la señora de Jaqueta, se le echó a llorar diciendo que su hijo estaba metida en “eso de los satánicos, las agüijas esas y lo de hablar con los muertos”.

Aquella mañana había visitado el cementerio viejo. Hacía menos de un mes que el nivel del agua había bajado lo suficiente para poder volver a caminar sin quedarse atrapado en el barro. El cementerio viejo era un recinto pequeño, la pared que habían pintado y encalado el verano anterior a conocerse la noticia de que el pueblo sería desplazado por el pantano, era ahora marrón y se había derrumbado parcialmente en dos puntos.

Cuando el Padre llegó dos años atrás, el alcalde le había dado la llave negra, vieja, grande y pesada, que abría el candado de la puerta y que habían recogido del escritorio del difunto Padre Damián. El Padre había guardado la llave en la pequeña caja donde guardaba cosas importantes que esperaba no tener que utilizar nunca, y por ello se había acordado hoy de cogerla antes de salir para hacer su pequeña investigación.

La verja que cerraba la entrada, mirando al este, era más de óxido que de hierro. El Padre se dio cuenta de que su llave negra y vieja no valía para nada, porque la verja no estaba cerrada y allí no había rastro de candado alguno. El Padre asió con fuerza la hoja más grande intentando tirar y empujar alternativamente y ésta saludó sus esfuerzos con crujidos y un agónico chirrido según cedía, siendo empujada, girando sobre sus goznes.

La mañana estaba tranquila y luminosa. El Padre recorrió en solitario los mil metros cuadrados del recinto, orando de vez en cuando, fijándose en los viejos nombres aún reconocibles en las pocas lápidas que quedaban en pie. Recorriendo las pequeñas callejas entre las sepulturas, sic transit y demás, había reflexionado mientras pensaba en su propia infancia y en su propio pueblo, durante su infancia, más lejos, más alto, más al Norte, allá en Valladolid.

En esto se distrajo un momento, y se arrepintió cuando al pisar trozos de vidrio de botellas rotas de DYC sintió como la suela izquierda se rajaba. Bendijo la oportunidad de ir a buscar a Martín esa misma tarde para que se la recompusiera y siguió, ahora con atención, explorando el viejo recinto sagrado. Junto a los cascos rotos, había algunas colillas, casi todas blancas, y bolitas de papel de periódico. Cosas de muchachos, pensó. Algo de alcohol, algo de sexo, nada que no pueda manejar con alguna charla, claro. Doña Fuenciscla lo merece.

Ya casi se marchaba de nuevo convencido de que los viejos del lugar se estaban creando un nuevo mito, cuando, parcialmente borrada con los papeles de periódico y algo oculta por dos piedras que habían sido llevadas allí desde el derrumbe de la tapia al sur, vio la estrella de cinco puntas y las manchas de sangre en el centro. Y se quedó helado, confuso, mirando sin pestañear el garabato pintarrajeado con cal en el centro mismo del abandonado, viejo cementerio de Turbiaguas.

< El principio de la historia<>La historia continúa >

El misterio del cementerio de Turbiaguas (1/3)

18 octubre 2010 - 2 comentarios

< El principio de la historia<

Tampoco yo te condeno. Anda y en adelante no peques más.
(Juan 8, 10-11) 

El Padre ya llevaba medio siglo de un lado para otro cuando le conocí. Su carrera como sacerdote se extendía desde finales de los 60, así que había vivido muchas cosas que nosotros ignórabamos. El comisario era quien hacía más tiempo que le conocía. Seguramente desde el pequeño incidente con el “conductor fiambre” o tal vez antes.

El caso es que en esa noche de Febrero de 2005, cuando Soledad acabó de limpiar y vestir el cuerpo del difunto Padre, mientras Payaso rellenaba de mosto mi vaso y el de Soledad, y servía sendos bourbons para ellos, Nuño, reposando apenas sobre un taburete, con la voz aguardentosa, por el frío, la pena y la fatiga, frotando con la mano su reciente barbita mal afeitada, comenzó a contarnos la primera historia que del Padre Rubio tenía noticia.

El Padre había salido del ejército hacía un par de años. Y cinco años más tarde volvería a Aragón. Pero por aquél entonces, principios de los 70, vivía y trabajaba en un pequeño pueblo castellano,  medio abandonado y medio derruído llamado Turbiaguas. El Padre pasaba casi todo su tiempo en el pueblo aunque ocasionalmente salía a dar servicio en algunas aldeas vecinas, dos o tres, quién sabe. Nuño no lo recordaba bien y tampoco estaba dispuesto a inventarse los detalles.

Era un hombre joven, aunque el pelo empezaba a blanquearle ya. Era un hombre fuerte. Y era el cura del pueblo lo que, en aquella época, representaba bastante más que ahora. La vida en Turbiaguas era tranquila, confesiones habituales con las señoras habituales, afluencia masiva a la misa del domingo, guiados por el toque de las nuevas campanas de la nueva espadaña de la nueva iglesia y, en general, visitas a enfermos y alguna salida cuando era menester, hacia las vecindades. Y así vivió el Padre los dos primeros años.

Todo Turbiaguas había salido bastante bien librado de la Guerra Civil pero de lo que no se libraron fue de tener que hacer las maletas cuando diez años después se decidió que el viejo pueblo se asentaba en el sitio ideal para construir un pantano. Así que, unos kilómetros más hacia el norte, se reconstruyó el pueblo casa a casa. Pero el viejo cementerio, con su bonito muro blanqueado y sus cipreses estirándose al Sol, quedó a mitad de camino entre el pantano y el pueblo, y durante los años lluviosos se pasaba de febrero a abril cubierto por el agua, aunque esto cada vez pasaba menos.

La intranquilidad – Nuño contaba la historia con lentitud aberrante, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo, aunque cansados, tristes y furiosos, teníamos que proseguir con las tareas encomendadas para esa noche – … la intranquilidad – repetía Nuño ensimismado hasta que Payaso golpeó la barra con su vaso haciendo volver en sí al anciano que recordó en ese momento que aunque el Padre estaba muerto, ninguno de nosotros podía aportar la seguridad de que fuera a seguir estándolo durante mucho tiempo más. Nos miró con detenimiento y, saludando al cadaver del Padre con su vaso, prosiguió la historia.

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El misterio del Puente de los Gitanos (3/3)

28 septiembre 2010 - Una respuesta

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Por extraño que parezca a los cinco minutos estaba firmando varios autógrafos. – Señor Villa, no sabe cómo lo va a apreciar mi señora. Eso sí, la moto, ya sabe, aquí se queda. ¿Le acercamos a algún lado? – su compañero le miraba divertido, sabiendo que otro día le podría cobrar el favor.

- No, no, gracias. ¿Seguro que no puedo llevarme la moto? – su cara volvió a ponerse seria y decidí no tentar más la suerte. Al menos no había tenido que soplar y a fin de cuentas – No vivo lejos, gracias – rematé pensando que en apenas quince minutos estaría de nuevo en casa.

Cinco minutos más tarde estaba cruzando ya el Puente de los Gitanos. Siempre me había preguntado por qué no se llamaba el puente de los punkies, porque ellos eran quienes montaban guardia en el centro, tocando la flauta, jugando con sus perros, bebiendo donsimón, mientras recogían, de vez en cuando, las monedas que la gente dejaba caer mientras pasaba.

- Vamos, caballero, unas moneditas sueltas para… – me preguntó uno de los habituales, con pantalones ceñidos de cuadros, una camiseta negra y una chupa vaquera gastada con un dibujo del esqueleto de los ACDC.

- Paso, lo siento – le interrumpí bruscamente y mirando con cara de mala uva hacia las aguas oscuras del Huerva.

- Bueno, vale, pero sonríe un poco, hombre, que seguro que no es tan grave – dijó riendo, sinceramente, creo, como intentando animarme.

Me detuve por instinto y porque llevaba ya mucho tiempo andando. Y me giré. El punkie, tendría unos veinte años, pero era dificil precisarlo detrás de la barba mal afeitada, la piel curtida al sol, me miraba mientras seguía sujetando la gorra en la mano haciendo bailar algo de suelto. A sus pies un perro fibroso con cara de buenos amigos y un pañuelo atado alrededor del cuello, meneaba el rabo según el tintineo de la calderilla. Detrás, con minifalda negra sobre las mallas de rayas horizontales, una chica con el pelo rosa y negro muy alborotado, le echaba un tiento al tetrabrick que compartía con su colega.

- Pues tienes razon – admití, de repente, fresco y seguro de mí mismo – la verdad es que no es tan grave – y me hurgé en el bolsillo interior de la chupa de cuero, en el pequeño, en el grande había guardado las llaves de la moto, hasta encontrar un billete de mil pesetas y depositarlo en la gorra – Este no suena, pero supongo que también vale. Gracias por la sonrisa – le dije sonriendo francamente y él, con los ojos tan abiertos que parecían huevos duros me hizo una reverencia.

- Si gustas – me ofreció señalando el tetrabrick que la chica me tendía desde el suelo. Y en parte porque me apetecía volver a emborracharme, en parte porque aquellos dos fulanos a los que había visto sin mirar decenas de veces habían empezado a caerme simpáticos y en parte porque, a quién voy a engañar, realmente todo este asunto no era tan grave, me bebí con ellos dos bricks de donsimón y otro de sangría que fuimos a comprar acelerando el paso a la tienda de ultramarinos de la calle Moncasi, y, tras haberme enseñado a hacer una rana con una hoja de papel, finalmente, cuando el frío ya era intenso y el número de transeuntes muy reducido, los tres nos levantamos y nos despedimos con un – Nos vemos – que sonó auténtico, y antes de girarme para seguir cruzar el puente les ví bajar por las escaleras hacia el parquecillo oscuro y solitario que había abajo, junto al río.

Durante los siguientes dos años y medio me crucé habitualmente con mis nuevos amigos y con otros de su grupo. A veces me detenía a hablar, otras sólo saludaba levantando la mano y ellos se quitaban un sombrero imaginario al verme pasar. A veces me aplaudían al reconocerme con la moto o yo les dejaba uno de esos packs de latas de cerveza.

Hasta que un día ya no estuvieron más. Al principio no le dí importancia, supongo que como el resto de la gente, las cosas que son habituales tardas más en echarlas de menos. Pero cuando llevaban una semana de ausencia, su falta me golpeó. Jamás habría podido adivinar qué había sido de ellos y cuánto de su tragedia podría afectar a nuestras vidas cuando, apenas un año después, ayudé al Padre Rubio a averiguar qué había sido de ellos y qué había en los túneles del parquecillo abandonado situado debajo del puente.

Llegando a la puerta de casa el Padre Rubio me dio alcance. Ignoro desde cuándo estaba detrás de mí, ignoro cuándo me vió, e ignoro qué hacía a aquella hora en aquél lugar.

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El misterio del Puente de los Gitanos (2/3)

7 septiembre 2010 - Una respuesta

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Hacía frío, había anochecido y casi no quedaba tráfico por mi barrio. Tampoco el recorrido era largo o particularmente difícil. En su mayor parte, una línea recta.

Estacioné en la esquina, sobre la acera contraria al portal del apartamento de Bella. Caminé unos veinte metros hasta situarme justo frente a la entrada. Sabía bien que ninguna de las ventanas del apartamento daban hacia la calle, así que no podía ver si había alguien dentro. Envuelto en la chupa de cuero, con la espalda apoyada sobre el ladrillo, los brazos cruzados y el pie derecho sobre la pared, esperé convenciéndome a mí mismo de ser una especie de James Dean del nuevo milenio.

Una madre regordeta y cuarentona se acercaba a la casa con sus dos hijos pequeños. Él, granujiento y mal peinado, envuelto en el chándal del Zaragoza, y ella, pequeña, pálida y pelirroja, sosteniendo un aro de gimnasia rítmica. Pensé en cruzar la calle para colarme en el portal aprovechando su entrada, pero mi brusco movimiento al ponerme en marcha la puso en guardia y miró hacia mí, creyó reconocerme durante un segundo, supongo que alguna vez nos habíamos tropezado en el descansillo de la escalera, y luego aceleró arrastrando tras de sí a los pequeños y desapareció en las sombras del portal cerrando la puerta de un empujón.

Un poco avergonzado por mis dos errores, precipitarme hacia el portal y arrepentirme luego, volví a adoptar la pose de película. No tenía un plan. Esperaba, mientras mi cuerpo iba procesando el whisky, que ella aparecería por la puerta en cualquier momento, me vería, yo avanzaría un par de pasos, nuestras miradas se juntarían a través de la calle y correría a abrazarme y pedirme perdón por lo que quiera que fuese que había pasado, por quién fuera el tío con el que iba la última noche que nos vimos, tras la muerte de mi padre y por la que me dieron los dos hombretones que me esperaban. El alcohol en mi cabeza me hacía estar seguro de ello, aquella noche en el portal, así como impedía que pensara que ella pudiera estar fuera, haber salido un rato, o incluso haberse marchado igual que había venido, de improviso, en el Estrella de Galicia.

La tienda de iluminación a mi derecha estaba echando la persiana así que yo debía llevar allí, de pie, sin moverme, unos cuarenta minutos. Había visto salir a un matrimonio, ¿los del tercero?, ahora lamentaba no haberme fijado más en estas cosas, y veía entrar al portero que, supongo, recogería la basura, pero mi fallida maniobra, momentos antes, con la madre y sus hijos bastó para convencerme de que no me moviera.

El tráfico se había hecho intenso durante un rato y luego se había relajado otra vez. Podía oír mi respiración, que iba de lo regular a lo asfixiante cuando imaginaba alguna sombra moviéndose en el portal. Notaba cómo mis muslos, poco acostumbrados a semejante deporte, se entumecían y dejaban de sostenerme. Impulsado a la vez por ese cansancio y por mi valentía borrachil esperé al momento oportuno y crucé los cuatro carriles hasta la otra acera, hasta el portal de Bella, hace sólo un mes refugio y ahora territorio extraño.

Ya antes de salir de casa había decidido que no iba a llamar al piso de Bella, eso habría sido tan rastrero  como arriesgado. Elegí un piso al azar y llamé, dos, tres veces, de forma larga e insistente.

- ¿Quién? – preguntó entre un atronador sonido de estática una avejentada voz de mujer.

- Popaganga – apenas conseguí articular. Tanto tiempo en silencio y en la calle me habían dejado seca la garganta – Propaganda – me corregí tras carraspear.

- ¿Quién? – repitió la avejentada voz.

- ¡Propaganda! – grité arrimándome al metal del portero automático.

- Aquí no vive ninguna Amanda – me respondió el metálico cacharro.

- Señora – dije intentando calmarme – Reparto propaganda, ¿me puede abrir?

- No, no, no quiero esparto, ni salir, gracias joven. – Y colgó.

Estupefacto, rojo de vergüenza e incrédulo con mi mala suerte seguí en equilibrio sobre el escalón blanco del portal. Tenté la puerta, que estaba cerrada. Me pregunté si debía llamar otra vez a mi sorda interlocutora o elegir otro piso al azar. Vi a un joven, casi un adolescente, que aparcaba un Talbot Horizon en el carril bus y se disponía a bajar. En el asiento de atrás, casi asomando por la ventanilla abierta, un violonchelo o, al menos, la funda de uno. Llegó hasta el portal y esperó tímidamente hasta que, comprendiendo, me alejé del automático.

- Dama tú.- otra vez la garganta seca – Llama, llama, que no deben estar.

Así que el llamó, yo me aseguraba de reojo que nuestros dedos no apretaban los mismos pulsadores, y una voz joven y risueña le dijo – Ahora bajo, chiqui. – El joven, vaqueros desgastados, camiseta de un grupo de rock aragonés, me miró de reojo como disculpándose y se alejó de nuevo hasta apoyarse en la sucia puerta de su coche.

Llevábamos cinco minutos esperando, pero sólo él estaba seguro de que su espera tenía sentido. De vez en cuando el rubor se me subía a las mejillas y miraba de nuevo al automático haciendo ademán de llamar y arrepintiéndome temiendo repetir el anterior fiasco pero esta vez con público. – Me voy – dije, sin darme cuenta de que no hacía falta explicar nada. Ni siquiera creo que el chaval me oyera. Mientras cruzaba de nuevo la calle hacia mi moto oí el sonido de la puerta seguido de la voz adolescente de la novia de mi compañero de espera, y el silencio posterior me dijo que el Chiqui estaba recibiendo el premio que correspondía a su paciencia.

Bajaba con la moto por la calle Corona, tan disgustado como avergonzado. Para colmo se me iba quitando la borrachera y eso daba a todos mis actos de aquella tarde un tono más patético. Tenía muchas ganas de llegar a casa y echarme a la cama, o echarme otras dos copas lo que fuera más fácil y dejarme caer en el olvido aunque sólo fuera por unas horas. Mientras pensaba todo esto, no creo haberme dado cuenta de la última luz de los semáforos antes de llegar a la esquina con la farmacia. Frené a fondo y ellos también, y evitamos el choque mientras la calle se cubría de bocinazos. En esto habría quedado todo de no ser porque el coche que había estado a punto de matarme era un citroën de la policía municipal, que giró a la derecha lentamente con las luces encendidas hasta ponerse en paralelo conmigo.

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