El funeral secreto del Padre Rubio

El Señor es mi pastor,
nada me falta.
En verdes praderas me hace recostar,
me conduce hacia fuentes tranquilas,
y repara mis fuerzas.

Me guía por el camino justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras, no vacilaré,
porque Tú vas conmigo,
tu vara y tu cayado me protegen.

Salmo 22.

Si no hubiera sido por aquel turbio asunto, hace tantos años, con Bella Suárez, no habría estado yo enterrando el cuerpo del Padre Rubio aquella noches, víspera de San Valentín, junto a la tapia del cementerio de la Cartuja.

Zum, chas, zum, chas.

El sonido rítmico de nuestras palas trabajándo sobre la tierra fría nos acompañó durante toda la noche.

El cuerpo del Padre Rubio descansaba a nuestro lado, cuidadosamente envuelto por Soledad hace unas horas. Pulcramente vestido, con su traje negro y su alzacuellos, como tantas veces le ví acudir a nuestras tertulias de café, salvo por sus pies, descalzos, y con ambos pulgares unidos por un cordel rojo fuertemente atado. Cualquier precaución, nos había aconsejado él mismo, es poca.

Dos veces tuvimos que parar al escuchar sirenas. Una de la policía, la otra de los bomberos. A la mañana siguiente, leyendo el Heraldo mientras desayunábamos, descubrimos que un pequeño incendio se había originado en una de las fábricas cercanas.

Payaso Pérez y yo intercambiábamos miradas cada poco rato, preguntándonos cuánto más haría falta cavar para estar seguros de que el cuerpo del Padre iba a descansar en paz. Cuando el Comisario Nuño lo descubría, nos animaba con un, “un par de palmos más y lo echamos dentro, muchachos”. Era bastante mayor que nosotros y, por temas de su oficio, sabía las dimensiones y la forma que había que cavar para dar sepultura en tierra fresca a un cuerpo, vivo o muerto.

Tras un par de horas, ya dije que tuvimos que detenernos un par de veces, Nuño nos dio el placet, y Payaso y yo salimos de la fosa. Agarramos las parihuelas sobre las que estaba apoyado el cuerpo y lo hicimos descender con tanta suavidad como nos lo permitió la oscuridad, el peso de nuestro amigo y el cansancio que se había acumulado en nuestros brazos.

Antes de coger la furgoneta de la ONG del Payaso habíamos echado a suertes quién bajaría para acabar la tarea. Yo tuve la suerte, o no. Me senté en el borde de la fosa y me dejé caer procurando no golpear el cuerpo. Nuño se abrió el abrigo y sacó el martillo, el palo convenientemente afilado y un cuchillo de caza. Recogí las tres cosas y, respirando hondo para intentar controlar los temblores que me recorrían el cuerpo, quiero pensar que por el frío, le abrí la camisa. Ver el agujero de bala, todavía había rastros de sangre alrededor, me hizo acordarme de la extraña circunstancia de la muerte.

Apoyé el palo sobre donde supuse estaba el corazón y con dos martillazos fuertes lo introduje hasta el fondo. Gracias a Dios o a quien fuera, el cadaver de mi amigo no se movió. Su expresión seguía siendo la que Soledad le había compuesto en la cara al envolverlo en el sudario. Saqué de mi chaqueta un manojo de ajos y se los introduje en la boca. Luego, como había visto hacer a mi padre tantas veces con las piezas que cobraba en el monte, le sujeté el mentón y le corte el cuello.

Nada se movió. Percibí que arriba Nuño se santigüaba y Payaso repetía “gracias, gracias, gracias”. Todo había salido, parecía, a pedir de boca. Pasaron unos segundos, aunque a mí me pareció más, hasta que me compuse y apoyé las manos en el borde de la fosa. Ambos me agarraron de las axilas y me ayudaron a subir.

Ya arriba, comenzamos, en silencio al principio, recuperando el humor palada a palada, a tapar la fosa. Concluido el trabajo cruzamos miradas. “¿Creéis que deberíamos decir algo?”, preguntó Pérez alzando la voz más de lo que yo consideraba prudente. Nuño asintió, pero ambos seguían en silencio, así que, como impulsado por una voluntad que no era la mía, pronuncié por primera vez en mi vida las estrofas que tantas veces había oído decir a mi difunto amigo al embarcarnos en una situación extraña, peligrosa o desesperada. “El Señor es mi pastor, nada me falta, …”


Este ha sido el principio de la historia — >Siguiente capítulo >

Advertisement

4 comentarios

  1. [...] misterioso mensaje de mi padre (1/3) < Post anterior< — >Siguiente post > HAMLET: Where wilt thou lead me? speak; I’ll go no further. [...]

  2. [...] planteamiento y nudo de la turbia historia con Bella Suárez a la que el narrador se refiere en el primer post de la serie. [...]

  3. [...] misterioso mensaje de mi padre (3/3) < El principio de la historia< — >La historia continúa en unos días. ¡Gracias por la paciencia! [...]

  4. [...] misterioso mensaje de mi padre (2/3) < El principio de la historia< — >Siguiente post > Si no salí corriendo de la ducha fue porque aún tenía el cerebro [...]

Deja un comentario

Fill in your details below or click an icon to log in:

Logo de WordPress.com

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Cambiar )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Cambiar )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Cambiar )

Connecting to %s

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.