< El principio de la historia<
Por extraño que parezca a los cinco minutos estaba firmando varios autógrafos. – Señor Villa, no sabe cómo lo va a apreciar mi señora. Eso sí, la moto, ya sabe, aquí se queda. ¿Le acercamos a algún lado? – su compañero le miraba divertido, sabiendo que otro día le podría cobrar el favor.
- No, no, gracias. ¿Seguro que no puedo llevarme la moto? – su cara volvió a ponerse seria y decidí no tentar más la suerte. Al menos no había tenido que soplar y a fin de cuentas – No vivo lejos, gracias – rematé pensando que en apenas quince minutos estaría de nuevo en casa.
Cinco minutos más tarde estaba cruzando ya el Puente de los Gitanos. Siempre me había preguntado por qué no se llamaba el puente de los punkies, porque ellos eran quienes montaban guardia en el centro, tocando la flauta, jugando con sus perros, bebiendo donsimón, mientras recogían, de vez en cuando, las monedas que la gente dejaba caer mientras pasaba.
- Vamos, caballero, unas moneditas sueltas para… – me preguntó uno de los habituales, con pantalones ceñidos de cuadros, una camiseta negra y una chupa vaquera gastada con un dibujo del esqueleto de los ACDC.
- Paso, lo siento – le interrumpí bruscamente y mirando con cara de mala uva hacia las aguas oscuras del Huerva.
- Bueno, vale, pero sonríe un poco, hombre, que seguro que no es tan grave – dijó riendo, sinceramente, creo, como intentando animarme.
Me detuve por instinto y porque llevaba ya mucho tiempo andando. Y me giré. El punkie, tendría unos veinte años, pero era dificil precisarlo detrás de la barba mal afeitada, la piel curtida al sol, me miraba mientras seguía sujetando la gorra en la mano haciendo bailar algo de suelto. A sus pies un perro fibroso con cara de buenos amigos y un pañuelo atado alrededor del cuello, meneaba el rabo según el tintineo de la calderilla. Detrás, con minifalda negra sobre las mallas de rayas horizontales, una chica con el pelo rosa y negro muy alborotado, le echaba un tiento al tetrabrick que compartía con su colega.
- Pues tienes razon – admití, de repente, fresco y seguro de mí mismo – la verdad es que no es tan grave – y me hurgé en el bolsillo interior de la chupa de cuero, en el pequeño, en el grande había guardado las llaves de la moto, hasta encontrar un billete de mil pesetas y depositarlo en la gorra – Este no suena, pero supongo que también vale. Gracias por la sonrisa – le dije sonriendo francamente y él, con los ojos tan abiertos que parecían huevos duros me hizo una reverencia.
- Si gustas – me ofreció señalando el tetrabrick que la chica me tendía desde el suelo. Y en parte porque me apetecía volver a emborracharme, en parte porque aquellos dos fulanos a los que había visto sin mirar decenas de veces habían empezado a caerme simpáticos y en parte porque, a quién voy a engañar, realmente todo este asunto no era tan grave, me bebí con ellos dos bricks de donsimón y otro de sangría que fuimos a comprar acelerando el paso a la tienda de ultramarinos de la calle Moncasi, y, tras haberme enseñado a hacer una rana con una hoja de papel, finalmente, cuando el frío ya era intenso y el número de transeuntes muy reducido, los tres nos levantamos y nos despedimos con un – Nos vemos – que sonó auténtico, y antes de girarme para seguir cruzar el puente les ví bajar por las escaleras hacia el parquecillo oscuro y solitario que había abajo, junto al río.
Durante los siguientes dos años y medio me crucé habitualmente con mis nuevos amigos y con otros de su grupo. A veces me detenía a hablar, otras sólo saludaba levantando la mano y ellos se quitaban un sombrero imaginario al verme pasar. A veces me aplaudían al reconocerme con la moto o yo les dejaba uno de esos packs de latas de cerveza.
Hasta que un día ya no estuvieron más. Al principio no le dí importancia, supongo que como el resto de la gente, las cosas que son habituales tardas más en echarlas de menos. Pero cuando llevaban una semana de ausencia, su falta me golpeó. Jamás habría podido adivinar qué había sido de ellos y cuánto de su tragedia podría afectar a nuestras vidas cuando, apenas un año después, ayudé al Padre Rubio a averiguar qué había sido de ellos y qué había en los túneles del parquecillo abandonado situado debajo del puente.
Llegando a la puerta de casa el Padre Rubio me dio alcance. Ignoro desde cuándo estaba detrás de mí, ignoro cuándo me vió, e ignoro qué hacía a aquella hora en aquél lugar.
< El principio de la historia< — >La historia continúa >
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