< El principio de la historia<
Tampoco yo te condeno. Anda y en adelante no peques más.
(Juan 8, 10-11)
El Padre ya llevaba medio siglo de un lado para otro cuando le conocí. Su carrera como sacerdote se extendía desde finales de los 60, así que había vivido muchas cosas que nosotros ignórabamos. El comisario era quien hacía más tiempo que le conocía. Seguramente desde el pequeño incidente con el “conductor fiambre” o tal vez antes.
El caso es que en esa noche de Febrero de 2005, cuando Soledad acabó de limpiar y vestir el cuerpo del difunto Padre, mientras Payaso rellenaba de mosto mi vaso y el de Soledad, y servía sendos bourbons para ellos, Nuño, reposando apenas sobre un taburete, con la voz aguardentosa, por el frío, la pena y la fatiga, frotando con la mano su reciente barbita mal afeitada, comenzó a contarnos la primera historia que del Padre Rubio tenía noticia.
El Padre había salido del ejército hacía un par de años. Y cinco años más tarde volvería a Aragón. Pero por aquél entonces, principios de los 70, vivía y trabajaba en un pequeño pueblo castellano, medio abandonado y medio derruído llamado Turbiaguas. El Padre pasaba casi todo su tiempo en el pueblo aunque ocasionalmente salía a dar servicio en algunas aldeas vecinas, dos o tres, quién sabe. Nuño no lo recordaba bien y tampoco estaba dispuesto a inventarse los detalles.
Era un hombre joven, aunque el pelo empezaba a blanquearle ya. Era un hombre fuerte. Y era el cura del pueblo lo que, en aquella época, representaba bastante más que ahora. La vida en Turbiaguas era tranquila, confesiones habituales con las señoras habituales, afluencia masiva a la misa del domingo, guiados por el toque de las nuevas campanas de la nueva espadaña de la nueva iglesia y, en general, visitas a enfermos y alguna salida cuando era menester, hacia las vecindades. Y así vivió el Padre los dos primeros años.
Todo Turbiaguas había salido bastante bien librado de la Guerra Civil pero de lo que no se libraron fue de tener que hacer las maletas cuando diez años después se decidió que el viejo pueblo se asentaba en el sitio ideal para construir un pantano. Así que, unos kilómetros más hacia el norte, se reconstruyó el pueblo casa a casa. Pero el viejo cementerio, con su bonito muro blanqueado y sus cipreses estirándose al Sol, quedó a mitad de camino entre el pantano y el pueblo, y durante los años lluviosos se pasaba de febrero a abril cubierto por el agua, aunque esto cada vez pasaba menos.
La intranquilidad – Nuño contaba la historia con lentitud aberrante, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo, aunque cansados, tristes y furiosos, teníamos que proseguir con las tareas encomendadas para esa noche – … la intranquilidad – repetía Nuño ensimismado hasta que Payaso golpeó la barra con su vaso haciendo volver en sí al anciano que recordó en ese momento que aunque el Padre estaba muerto, ninguno de nosotros podía aportar la seguridad de que fuera a seguir estándolo durante mucho tiempo más. Nos miró con detenimiento y, saludando al cadaver del Padre con su vaso, prosiguió la historia.
< El principio de la historia< — > La historia continúa >
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