< El principio de la historia<
Así que aquella noche conducía de nuevo por la antigua, maltrecha carretera del pueblo viejo para averiguar de una vez qué era lo que pasaba con el hijo de Doña Fuenciscla, que eran los ruidos, luces y música que los abuelos del pueblo habían utilizado para crear un nuevo rumor y, fundamentalmente, quién y por qué había pintado la estrella de cinco puntas y de qué o de quién era la sangre que la manchaba.
La oscuridad había engullido el pequeño seat 124 al salirse de la carretera del pueblo nuevo y entrar en el maltrecho camino hacia el cementerio viejo. El agua estaba aún a dos docenas de metros de la tapia porque no había llegado el deshielo y la sequía este año había continuado pertinaz. Con precaución, antes de salir de la arboleda de troncos muertos y ramas retorcidas metió primera, frenó el coche hasta casi pararlo y apagó los faros. Siguió conduciendo lentamente por entre la oscuridad sólo rota por la luz de la luna, hasta que notó que los neumáticos empezaban a resbalar en la tierra ya húmeda. Salió y comenzó a caminar, dejando el coche abierto. Con la mano derecha se mesaba la barba corta que llevaba en aquellos días y que yo pude ver en viejas fotos en salón parroquial. Llevaba en la mano derecha una linterna, pero la llevaba apagada confiando en la luna y en el buen estado de sus ojos. – Mejor ver antes de que te vean. – pensó para sí – Al menos de momento. Nada parecía ir mal. El cementerio a oscuras iba llenándolo todo, entremetiéndose entre el Padre Rubio y las aguas del pantano que de vez en cuando rompían el silencio de la noche agitadas por la brisa. Unos grillos. El ligero chap, chap, chap, de los zapatos negros de suela plana del Padre sobre la tierra humedecida por las aguas del pantano. – Gracias a Dios que Martín hizo un gran trabajo recomponiéndome la suela – reflexionó notando que ninguna humedad se filtraba hasta su pie izquierdo.
Según se acercaba al cementerio empezó a escuchar un coro de voces, como media docena de jóvenes que entonaban una plegaria. El Padre no podía distinguir las palabras, pero le resonaba en los oídos como algo sucio, fuera de sitio. La extraña oración comenzó a subir de tono dentro del cementerio pero el Padre creyó ver fuera de él, pegado a la puerta, una figura humana, poco definida, observando el interior a través de la verja. Apretó en su mano el Santo Rosario y caminó resuelto hacia la silueta pero ésta le vio y comenzó a andar hacia la esquina opuesta del muro. El Padre corrió tras él intentando no hacer ruido antes de saber quiénes eran los que cantaban dentro del cementerio pero deseando atrapar a la persona que estaba detrás. Dobló la esquina y se sorprendió al no ver a nadie. Era imposible que la figura hubiera alcanzado ya la otra esquina y era imposible que hubiera desaparecido en las cercanas aguas del pantano. Giró en todas direcciones entornando los ojos, buscando ver más. Se sorprendió al ver que la figura volvía a estar frente a la verja del cementerio viejo, mirando el interior. Se lanzó corriendo hacia él, o ella, llevaba un aparatoso abrigo con pieles y era complicado de decir, pero la figura echó ahora a correr hacia el bosquecillo muerto. Cansado de juegos, algo asustado y con la respiración profunda, el Padre se lanzó en su persecución pero entonces desde el cementerio surgieron luces y una música atronadora. El Padre se detuvo intentando decidir qué era más urgente, si perseguir a la extraña figura o investigar los ruidos y luces del cementerio.
Cuando se decidió, la extraña figura había desaparecido entre los troncos muertos y las ramas retorcidas, así que no tuvo más remedio que volver sobre sus pasos y mirar qué era lo que pasaba en el cementerio. Siguió avanzando dándole vueltas con su mano izquierda a las cuentas del rosario de dedo – Al día siguiente nos reiremos de esto.- pensó.
El baile de sombras que creaban las luces sobre los mausoleos más altos le hizo deducir que las luces eran velas u hogueras. Los ruidos eran música rápida no muy fuerte pero que taladraba la cabeza y provenía sin duda de un radiocasete. El Padre se agachó instintívamente y siguió caminando. A punto de llegar hasta la verja decidió que entrar por la puerta principal no era una buena estrategia. Se volvió rápidamente, la música tronando desde el interior hacía innecesaria cualquier precaución y fue buscando la piedra gorda que había venido a estrellarse contra la tapia de atrás. Se encaramó a ella y con ambas manos tentó las piedras superiores del muro. Viendo que resistían se elevó con sus brazos poco a poco hasta poder mirar con los ojos el interior del cementerio. Tres chicos y dos chicas bailaban y reían alrededor de la estrella. Una pequeña hoguera les iluminaba y algunos portaban velas. Se pasaban unos a otros los porros y uno de ellos se apartó para sacar cocaína del bolsillo. El Padre reconoció a Santiago Julián, el hijo de su feligresa y del finado Julián Jaqueta al que el Padre no llegó a conocer. Estaba obviamente borracho y saltaba mientras la chica más baja le agarraba lascivamente de la cintura. El Padre dio la vuelta. A fin de cuentas no era nada tan grave como parecía. Rodeó el muro y entró en el cementerio por la vieja verja ahora abierta. – Lárgame un cilindrín colega- decía Santiago y no pudo evitar una carcajada cuando vio que todos miraban hacia la puerta.
- Joder – chilló nerviosa una de las chicas. – ¿Qué es eso?
- Laostia – blasfemó el de la cocaína – lo hemos hecho. Lo hemos conseguido. Está aquí.
- Joder – repitió la chica que se dejó caer al suelo de rodillas.
- Santiago, ven aquí – la rasgada voz del padre sonaba con un tono particularmente patibulario y vio que al hijo de Fuenciscla se le ponía lívida la cara y las piernas le flaqueaban.
- No seáis imbéciles – gruñó el tercer chico – No es más que un tío. – Subió el volumen de la música y levantando del suelo a la chica arrodillada la besó mientras le metía mano.
- Santiago Julián – repitió el Padre Rubio elevando la voz – tu madre te espera.
Santiago dudaba. Las chicas volvieron a bailar magreándose entre ellas y el tercer chico, el que le había llamado “tío” agarró una piedra de cerca de la hoguera y se la lanzó al Padre mientras, sin conocerle, le espetó un – ¡Lárgate viejo!
Pero a pesar de la oscuridad y la sorpresa, el Padre Rubio cazó la piedra al vuelo con la mano izquierda y la sostuvo dentro de su mano. Dudaba sobre su siguiente paso.
- Que te pires, mamón, cagondios – le dijo el de la farlopa.
El Padre lanzó rápidamente la piedra contra el pequeño radiocasete que descansaba sobre la lápida de un tal Ortega. La piedra impactó sobre las teclas, y la música paró dejando al sonido de los grillos inundar la noche.
- Santiago – repitió el Padre – Ven, tu madre te espera.
Todos estaban un poco sorprendidos pero la presencia de las chicas hizo que el de la pedrada se envalentonara. Se lanzó hacia el padre con malas intenciones pero este le esquivó y le agarró del brazo izquierdo retorciéndolo para que cayera al suelo. Los otros tres y Santiago se quedaron quietos mientras el chico seguía en el suelo, blafemando contra todo. El Padre le estiró del brazo para hacerle subir la cara y le dijo – Calla – con su voz de enterrador – El otro calló finalmente. – Santiago – repitió el Padre – no soy el tipo de persona que repite las cosas, ni el tipo de persona a la que le gusta hablar por nada. Ven con tu madre.
Santiago Julián Jaqueta finalmente empezó a andar. La chica bajita miró a su colega y luego de nuevo a Santi viendo que el de la farlopa no tenía ganas de batalla. Cuando Santiago llegó a la altura del Padre lo reconoció. Su cara se llenó del rojo de la vergüenza. El Padre le hizo salir del cementerio con la mirada y soltó el brazo del chico del suelo. – No os quiero ver más por aquí y si os acercais a Santi o al pueblo volveré a por vosotros. Ah, y por si no me conocéis, soy el párroco de Turbiaguas. – Miró fijamente a cada uno de los cuatro, deteniéndose especialmente en el que había derribado. Cuando tuvo la seguridad de que el chico estaba bien, se giró y siguió tras los pasos de Santi Jaqueta que observaba todo desde la verja. Sin hablar, encendió la linterna para que el afectado chico pudiera andar hasta el coche. Una vez allí le miró con sus ojos serenos pero firmes y a la luz de la lampara interior con la puerta del conductor aún abierta le dijo – No lo hagas más.
Entró, encendió el motor, cerraron las puertas y condujo de vuelta hasta Turbiaguas. Allí, mirando desde el interior del bosque muerto de troncos desnudos y ramas retorcidas, algo que tenía forma de persona miraba el coche del Padre alejarse, levemente admirado, algo confundido y poderosamente interesado.
- Santiago acabó el instituto y dejó Turbiaguas, como quería su madre, para ir a la ciudad. Allí trabajó en un banco y en un bar y luego cantando en una orquesta de un club y luego un descubridor de talentos le llevó a Prado del Rey y de ahí saltó a la fama y hoy es el famoso cantante que todos conocéis. Visita a su madre en el cementerio nuevo todos los meses y se encarga muy bien de que nada falte entre las ruinas de su viejo pueblo. – Cuando acabó de explicar todo esto, el Comisario Nuño bebió su bourbon de un trago y dejó el vaso sobre la barra. Visiblemente emocionado comentó – Sigamos con el trabajo. La noche es corta.
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