Del diario del Padre Rubio
Hace años que las horas encerrado en el confesonario dejaron de parecerme duras. Al principio me llevaba lectura. Los clásicos. Santa Teresa, San Juan de la Cruz, algún manual o comentarios de la EUN… Ahora simplemente medito. He visto, sin duda, demasiadas cosas. Sin duda, más de lo que debería. Pero en todos estos años nunca había sentido nada como lo de hoy.
Hace cuatro semanas que llegué a mi nueva parroquia. La Iglesia es grande, bella, solemne y fría. Me he acostumbrado enseguida y hay pocos rincones que no conozca ya.
Lo único que iluminaba la nave central era el Cirio Pascual. Mi confesonario, el segundo desde la entrada, estaba envuelto en sombras. Mis ojos se habían acostumbrado a la penumbra así que podía ver a mi alrededor. Meditaba sobre playas, y cubos, y agua, y un niño. Tal vez debí de quedarme dormido.
Me desperté y noté que alguien se arrodillaba tras la celosía. Esperé paciente durante unos segundos y, dado que alguna gente nunca se acostumbrará a las nuevas fórmulas, acabé pronunciando el antiguo saludo, “Ave María Purísima…”. Esperé más, pero nadie contestó al otro lado.
Esperé de nuevo. Esperé más. Carraspee. El ruido resonó en el cuenco hueco de la inmensidad del cuerpo de la iglesia. Arrepentido volví a esperar. A veces la gente está avergonzada, o no sabe cómo empezar, o está buscando una explicación, una justificación. O simplemente, ordenando su mente. Me removí en el asiento y la vieja madera oscura chirrió repitiéndose por toda la nave, por entre los bancos, hasta perderse más allá de las puertas de entrada. “No te preocupes. Tómate el tiempo que necesites”, susurré incapaz de decidir si al otro lado de la rejilla había un hombre o una mujer.
Pasaron más de tres minutos. Por mucho que me avergüence debí de volver a dormirme, y cuando volví en mí, la presencia al otro lado, ya no estaba. Asomé primero la cabeza para asegurarme y luego salí y paseé por las naves laterales, buscando si el penitente estaba aún dentro. Infructuosamente. Un curioso olor a ceniza me persiguió mientras paseaba. Busqué a alguien fumando enla Iglesia. Segúramente era el olor de mi propio hábito. El penitente desconocido había desaparecido y lamenté profundamente haber vuelto a dormirme.
¡Al fin regresa el Padre Rubio!
En cuanto acabe con Ayla y Claudio, prometo leérmelo del tirón.
¿Tu quoque, Bruto?
Yo acabé con Claudio esta semana. Ponte las pilas. El 28 está cerca.
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