Del diario del Padre Rubio
No volví a pensar en el Penitente Desconocido hasta dos semanas más tarde. Era más o menos la misma hora y yo me acerqué al confesonario. El leve matiz a ceniza en el aire estaba allí de nuevo, pero no había nadie en la iglesia. Rodee de nuevo la nave central y me metí de nuevo en el confesonario incapaz, por unas horas, de volver a meditar.
No podía concentrarme así que esta vez sí pude oir cierto leve chirrido en el reclinatorio. Una bocanada de humo penetró por la celosía y sentí, esta vez rotundo, el olor a ceniza de las otras veces. No me dio tiempo ni a pensar si le daba el pie con el Ave María, por que como pegada a la nube de humo me llegó su voz, lenta y gastada, como si la hubiera escrito con pluma en un pergamino viejo.
- Hace tiempo – comenzó – Hace tiempo – se repetía, o era mi cerebro intentando comprender demasiado rápido - Hace tiempo – volvió a decir, con la oscura caligrafía trasluciéndose en cada sílaba – que quería hacer esto. Pero alguien en mi posición, no se puede, no se debe – se corrigió casi al instante y como esforzándose por parecer magnánimo – permitir algunas cosas.
Le animé a proseguir y, como afirmándose en algo que tenía muy dentro comentó que hacía siglos que no pisaba una iglesia, pero que ultimamente las cosas se le habían puesto más fáciles. Pensé en el Vaticano II y cómo las reformas habían permitido unir más al pueblo y a los curas. El seguía hablando con su ritmo lento, como si cada palabra llevara atada una piedra que saliera de su corazon y tuviera que forzar la salida atravesando la garganta y la boca, y brotar expulsada a duras penas de sus labios.
A estas alturas ya estaba claro que hablaba con un hombre. Un hombre mayor, aunque tal vez no un anciano. Le mencioné que siempre se podía obtener el perdón del Padre. Un tosido más parecido a un gruñido respondió desde el otro lado. – No lo entiende, Padre, – me escribió en el aire con su voz de humo.
Yo mencioné algo sobre que cualquier momento era bueno para conseguir el perdón del Creador, y de que era bienvenido de nuevo al sacramento de la Penitencia, de que hay más alegría en el cielo por un pecador arrepentido y todo eso. Cuando terminé esperé respuesta. Pero ya no había nadie al otro lado. Escuché. No había ruido de pasos. No podía haber salido tan rápido de la Iglesia vacía, así que esperé unos minutos. No oí nada. No ví nada. Y nadie volvió al confesonario. Inquieto intenté concentrarme y esperé.