Del diario del Padre Rubio
Retomó la conversación en el mismo punto donde la había dejado hace tres meses. De alguna manera me sentí transportado hacia allí. Su voz era la misma. Su aroma, esa ceniza que llegaba con su aliento y quedaba suspendida en el aire durante unos pocos segundos, casi permitiéndote leer sus palabras. La misma voz, el mismo tono, el mismo olor en las palabras, decadentes, como sucias. Como si los tres meses no representaran nada para él.
- No lo entiende, padre. – pronunció la última palabra con desprecio, casi escupiéndola. – No es nada personal – pareció disculparse, pero a la vez elevó un tono en la escala de agresividad.
- Explíquemelo, hijo – susurré intentando imprimir a mis palabras energia y seguridad.
- Hace mucho tiempo, mi padre – de nuevo esa palabra fue casi un salivazo — y yo trabajábamos juntos en el taller. Hacíamos cosas hermosas. Tallábamos, moldeábamos, lijábamos, diseñábamos motores y partes móviles, y ensamblábamos las piezas. Era un bonito trabajo. Fue hace mucho, pero recuerdo cuánto me gustaba. – Se detuvo y tosió dos veces. Yo me dí cuenta de que hasta ahora nunca había hablado tanto rato seguido y me contuve para no interrumpirle – Él me enseñó todo lo que sé, pero yo siempre pensé que podía superarle. Pensé que podía hacerlo mejor que mi Maestro. Así que empecé a introducir pequeñas modificaciones en las obras, cambios, arreglos, mejoras. Cuando se dio cuenta se disgustó. Discutimos. Le grité. Pensé que iba a pegarle y de pronto, sin darme cuenta de cómo, ya no estaba en casa. Me había echado, pensé. Me vengaré, juré. Y me organicé de nuevo. Tuve mi propio taller, y comencé a crear mis propias obras, sin su ayuda, con todo lo que había aprendido de él y con mis propias ideas. Pensé que sería capaz de hundirle su negocio ya que no podía formar parte de él.
Carraspeó unos segundos. Se notaba que hacía tiempo que no utilizaba tanto su voz. Esperé a que acabara de toser y le animé a proseguir, aunque estaba seguro de que lo haría. Esperé también oirle tomar una bocanada de aire, antes de seguir hablando, pero no lo hizo y me dí cuenta de que no le había oído nunca respirar. Intentando no pensar en ello volví a centrarme en lo que me contaba.
.- Pasaron los años. Yo me había puesto un plazo. En aquel entonces aún me gustaban los retos. Había prometido que antes del año pasado habría arruinado su taller y su principal obra. No fue así. Aquella nochevieja me senté junto al fuego, sólo, como todos los años. Pero esta vez no era la soledad, sino el fracaso, lo que me impedía levantarme. Me encontré con mi – se interrumpió y vaciló por vez primera, incapaz de volver a pronunciar la palabra padre – con él poco después. Yo estaba furioso por no haber conseguido echar su trabajo a perder, pero estaba aún más furioso conmigo por no haber sabido hacer su trabajo mejor que él. Él estaba más viejo y pensé que yo debía parecerlo también. Habló conmigo. Y yo le pegué. Y el me sonrió. Le eché en cara que me echara de casa, aquella tarde, hacetanto tiempo, pero él me miró a los ojos y, como obedenciendo a una palabra suya, un caudal de recuerdos me asaltó.
Su voz tan áspera, tan cascada, me retenía inmóvil dentro del confesonario, escuchando su confesión, incapaz de responder. Por un momento pensé que él iba a llorar y al instante siguiente me descubrí a mí mismo haciéndolo – No me echó de casa. Yo me fuí. No se enfadó conmigo. Me enfadé yo con él. Mi Padre, Padre Rubio, no puede perdonarme, porque ya lo ha hecho. Y por eso le odio tanto.
Dejó de hablar y me conmocioné intentando encajar la historia en mi cabeza. Sabiendo en mi interior quién estaba al otro lado de la celosía, con la mano derecha agarré el crucifijo del cuello y con la izquierda el amuleto de San Benedicto de mi bolsillo y salí de un salto hacia el interior de la iglesia buscando a mi interlocutor. En toda la Iglesia no había nadie. Sólo el inconfundible olor a ceniza que el secreto y agotado penitente había dejado tras de sí en nuestros encuentros anteriores. Solté el crucifjio muy aliviado, pero asustado e incómodo, y seguí con la mirada el rastro del humo que, como si hubiera dejado escrita su partida con culpa y odio, había dejado como único testimonio el Primer Réprobo.