El misterio de San Bernabé: El viaje

- Es una pequeña isla de las antillas francesas – me comentaba el Padre en el Refugio de la Soledad hacía doce días – San Bernabé parece llamarse en castellano.
Una escueta explicación con la que me incluía en un viaje excepcional con consecuencias.

San Bernabe es, en efecto, una pequeña isla donde algunos millonarios y otros pijos acomodados fijan su residencia de vacaciones. Hace sólo una década la mayoría de los habitantes desconocían el agua corriente y la luz eléctrica. Ahora, cada cual según sus posibilidades, viven sacando partido del turismo de lujo, cultivada con mimo y sabiduría desde la administración autónoma que disimula el hecho de que apenas conozcan el idioma de la metrópoli, marcando aún más las “egues” mientras pronuncian el inglés.

Habían pasado muchos años desde que a Santiago Julián el Padre le metiera en vereda, le evitara convertirse en un piltrafilla con más pasado que porvenir. Había dejado de amorrarse al tubo de pegamento para sujetar entre sus manos un micrófono y, por más que parezca ahora el típico resultado del cuento de Cenicienta, había llegado a consolidar una carrera musical estelar en el género de la pachanga festivalera. Si su éxito había sido notable en España, sobresalía sin igual en sudamérica, apoyada en su imagen de chaval humilde simpático trabajador y atractivo, tanto entre las chiquillas pijas que decoraban con él sus carpetas del instituto, como entre la parte más maternal de la incipiente comunidad gay, que se lo imaginaban como el silencioso, humilde y sorprendentemente en forma, jardinero con el que tener tácitos encuentros en el cobertizo.

En el avión venía pensando todo esto y fundamentalmente que para unas y para otros iba a ser un terrible golpe el enterarse de que Santi Jota se había casado. Fiel a su estilo, su gente se había esforzado por mantener el enlace en secreto y sólo los más cercanos entre los familiares, de su pasado y de su presente, y un puñado de sus nuevos amigos, conocían el enlace.

Y además había invitado al Padre, a oficiar la ceremonia.

La agenda del Padre en la parroquia había sido fundamental a la hora de decidir el día de la ceremonia y aún así, el Padre se había negado, tajante, a tomarse más de cuatro días libres. Los justos para el salto de ida y vuelta y oficiar allí la ceremonia.

Saltamos de isla en isla, de avión en avión, cada vez más pequeña aquella y más diminuto este. Mientras yo ojeaba los folletos de pubilicidad el Padre leía un pequeño libro encuadernado en piel, muy avejentado, que se titulaba Pequeños Dioses y Monstruos del Caribe.

Advertisement

2 comentarios

  1. ¿Se te ha escapado un comentario en la primera linea?

    • Pues me temo que todo el post en sí era un comentario. :)

      Cosas de la publicación automática. Ya está corregido. Gracias por el aviso!!

Deja un comentario

Fill in your details below or click an icon to log in:

Logo de WordPress.com

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Cambiar )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Cambiar )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Cambiar )

Connecting to %s

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.